El Centro Cultural Gabriel García Márquez

publicado a la‎(s)‎ 15 sept. 2013 16:47 por Webmaster FRS   [ actualizado el 15 sept. 2013 19:59 ]

El arquitecto Benjamín Barney-Caldas, cuya obra ha ganado distinciones nacionales e internacionales y ha sido publicada en libros y revistas, comparte con nosotros un artículo publicado en la Revista dearq de la Universidad de los Andes.

El Centro Cultural Gabriel García Márquez

Bogotá, Universidad de los Andes, dearq, Diciembre de 2012. ISSN: 2011-3188

Por: Benjamín Barney-Caldas
benjaminbarneycaldas@gmail.com


Rogelio Salmona logra una síntesis casi cada diez años,  y las dos
primeras se suman en la tercera y la cuarta, y esta anticipa la
quinta. La primera son las plantas curvas de las Torres del Parque, en
Bogotá (1964-1970) y su preocupación por el paisaje andino y nuestras
ciudades, la que nunca abandonará. Las Torres se curvan sobre la
neomudéjar Plaza de Toros de Bogotá y responden al entorno urbano con
el escalonamiento y abaniqueo de sus terrazas.

Posteriormente, en la Casa de Huéspedes (1980-1982), los patios son
coloniales pero de tropicales muros de vanos mayas, y estanques y
atarjeas que recuerdan a La Alhambra; mientras la piedra, la rampa y
las bóvedas rebajadas son de la arquitectura militar de Cartagena,
ciudad a la que redoblan. En el Archivo General de la Nación
(1988-1989) repite nuestras manzanas coloniales de La Candelaria en
Bogotá, pero el patio es circular y se cruza en diagonal, y tiene,
invertidos, los grandes arcos de Louis Khan. Todo lo anterior está en
la Biblioteca Virgilio Barco (2002), también en la capital, y aunque
es nuevo el hormigón a la vista, las cubiertas son inclinadas como en
sus casas iniciales.

En el Centro Cultural Gabriel García Márquez (2008), en pleno Centro
Histórico de Santa Fe de Bogotá, está todo lo anterior, pero las
rampas que rodean sus patios circulares, uno de agua como en un
“carmen” granadino, se enroscan en el cielo y un mágico paramento
porticado continúa una calle colonial. Esta sede del Fondo de Cultura
Económica de México es el quinto y último edificio que jalona la obra
de Salmona. A la vez que termina una etapa, continúa otra, iniciada
con las casas Altos del Chicó (2003) y Altazor (2004), caracterizadas
no solo por el hormigón a la vista, sino por su sencillez, al haber
prescindido allí de buena parte de los recursos proyectuales
anteriores. Pero, finalmente, con este edificio junta todo de nuevo:
geometría, paisaje, luz, viento, agua y vegetación; ejes de
composición no paralelos ni ortogonales, cubiertas inclinadas,
espacios de más de cuatro lados, muros en diagonal, retranqueos,
abaniqueos, ladrillo aparente, plantas curvas… En fin, la
interpretación de la pertenencia a un lugar. Como ya lo pensaba al
inicio de su carrera, si bien ciertos ejes de composición son la base
para organizar una planta, un volumen o el espacio interno, son
insuficientes para lograr el espacio total, y mucho menos para crear
una nueva sensación espacial.

Son casi cincuenta años de experiencia y, como dice Malcom Gladwell,
“la práctica no es lo que uno hace cuando es bueno. Es lo que uno hace
para volverse bueno”.  Otra vez Salmona junta lo de antes con lo
nuevo. Lo sencillo y lo abigarrado. Lo recto con lo curvo. Lo
repetitivo y lo puntual. Lo inclinado y lo plano. Lo lejano con lo
cercano. Lo abierto y lo cerrado. Rampas y escaleras. Claustros y
patios. Muros y celosías. Vistas axiales y al tiempo laterales. El
ladrillo y el hormigón visto. Hierro, madera y vidrio. Es su última
etapa, la que terminó en el pequeño y muy acertado Centro de
Desarrollo Cultural del barrio Moravia en Medellín (2008), y que
muestra que su arquitectura tenía aún mucho más que darnos de la mano
de su inteligencia, cultura, sensibilidad, viajes y experiencia, en un
momento crucial de la arquitectura en Colombia, lo que habría
mantenido para bien el rumbo que llevaba.

Pero el Centro Cultural Gabriel García Márquez no queda como una
estética de revista para copiar, que solo busca lo meramente
espectacular, tan de moda hoy en día, como sostiene Mario Vargas Llosa
en su último ensayo,  pero en el que curiosamente no habla de la
arquitectura espectáculo, la que aquí apenas se inició hace unos pocos
años; mientras que en Europa está llamada a su desaparición como lo
cree, entre otros, Arturo G. de Terán.  Este magnífico edificio de
Salmona queda como un ejemplo ético para los arquitectos sensibles,
cultos y observadores que lo sepan ver en cuanto una alternativa de
diseño contextual y un recurso para la invención de nuevas formas
ricas poéticamente, “con las cuales el arquitecto tiende a
posesionarse del espacio” como decía él,  y en este caso de toda una
ciudad: de su geografía e historia, presentes en una de sus más
importantes esquinas, a una cuadra de la Plaza de Bolívar y diagonal a
la Catedral por su parte de atrás.

Sin embargo, hay que señalar la dificultad evidente del empate del
edificio con los predios inmediatamente vecinos, tan diferentes entre
sí que precisaban soluciones muy distintas. Con la casa colonial
colindante habría que haber continuado simplemente su volumen, cosa
que tampoco se hizo en la Fundación para la Educación Superior (FES),
en 1987, hoy Centro Cultural de Cali, lo cual hubiera implicado tener
en ese extremo un cuerpo diferente, que permitiera esa solución
convencional, y el de Bogotá además no se contaba con suficiente
espacio. Pero en el otro costado sí se hubiera podido concentrar sobre
las altas “culatas” del edificio moderno de vivienda existente, la
parte más elevada del Centro Cultural Gabriel García Márquez. Lo que
sin duda habría ayudado además a dirigir mejor la vista hacia los
cerros desde su patio principal, pues aquí el paisaje es un elemento
plástico primordial, que se debe compartimentar a medida que se
circula por él.

No obstante, la verdad es que lo más importante y lo más sugestivo y
logrado es el inspirado manejo del paramento en esa importante esquina
de la “ciudad fundacional” como la llamaba Salmona.  Como en toda
calle de tradición colonial, su entorno está determinado por los muros
alineados con pocos vanos de las viejas casas, adyacentes y en frente.
Pero mientras evita continuar el paramento simplemente con el reflejo
de una vidriera, por ejemplo, como Jean Nouvel en la Fundation Cartier
en París (1994), Salmona lo logra con el vacío plano y muy angosto y,
por supuesto, totalmente transparente de los grandes y repetidos vanos
de columnas muy finas de la galería que presenta allí su edificio.
Esta sencilla pero rotunda sutileza permite que la calle se prolongue
a su gran patio circular, y que este se salga hasta ella, logrando que
el edificio termine en los vecinos al otro lado, y se extienda por el
viejo barrio de La Candelaria, marcando además una diagonal entre la
Catedral, detrás de la cual se presiente la Plaza de Bolívar, y
Monserrate y Guadalupe, esos maravillosos cerros de Bogotá que él
comenzó a mirar desde las Torres del Parque casi medio siglo antes,
pues lo que prima en este edificio son sus espacios exteriores
fuertemente entrelazados con los que ya existían allí, más que sus
volúmenes.

Pero el Centro Cultural Gabriel García Márquez viene de un pasado aún
más remoto: su recuerdo de la Villa Savoye, consciente o no. Le
Corbusier nos invita a recorrerla mirando cómo los pilares de la
planta baja parten el paisaje regularmente y suprimen la noción de
adelante, atrás o lado: “la casa es una caja en el aire, abierta todo
el perímetro, sin interrupción, […] en medio de las praderas que
dominan el vergel”. Su recorrido, centrado en una rampa “suave” (que
no lo es), lleva desde el vestíbulo al segundo piso “casi sin darse
cuenta”, y después al solarium, en la cubierta, donde un vano apaisado
permite ver el valle del Sena.  Invitación superada por Salmona con
una gran “promenade architectural” que, como una cinta de Moebius,
sube al gran claustro y alrededor de este llega de sorpresa a un
pequeño patio de agua, que se mira a sí misma todo el tiempo, al
tiempo que la vista se fuga por todo su perímetro, a los cerros, el
cielo y la ciudad, pues este edificio es ante todo un corredor en el
aire (como no recordar la canción de Rafael Escalona), por lo que es
posible seguir mentalmente el recorrido, anticiparlo o recordarlo.

Más que un “barroco intemporal”, como lo llama Ricardo Castro,  es el
arte del tiempo en el espacio, por lo que Salmona piensa que “es
necesario analizar la invención formal en relación con la intención
espacial, para determinar las consecuencias de la obra en el campo de
las ideas y, así apreciar sus cualidades plásticas”.  Pero como él
mismo lo decía, la arquitectura no solamente es arte. Aparte de que el
emplazamiento de este edificio en ese lugar depara no pocas emociones,
lo que lo hace plenamente identificable, su relación con el clima frío
de nuestro trópico andino es ya probada y discreta. 
















Además es modular, funcional, seguro y, por supuesto, cumple con las normas de
sismorresistencia obligatorias en Bogotá. Y así como el edificio de la
FES, originalmente destinado a oficinas, se convirtió en el Centro
Cultural de Cali, esta sede del Fondo de Cultura Económica de México
podría ser, sin mayor problema, y aunque parezca sorprendente, la de
casi cualquier otra institución similar. De hecho, no se ocupó, como
estaba previsto, lo que garantiza su futuro más allá de su función
original, tal como sucede con los claustros coloniales.

Leon Battista Alberti subraya, en De re ædificatoria (1450), la
importancia de cómo hay que mezclar lo antiguo y lo moderno
propugnando de ese modo por la praxis que había iniciado Filippo
Brunelleschi con el Hospital de los Inocentes y su relación con el
espacio de la plaza de Santa Annunziata, en Florencia, comenzando el
siglo XV. Según Alberti, un “arquitecto ha de poseer un espíritu
elevado, una inagotable capacidad de trabajo, la más rica erudición y
un máximo de experiencia, pero sobre todo ha de contar con una seria y
bien fundada capacidad de juicio y con entendimiento”.

No es un simple artesano, sino un intelectual preparado en todas las
disciplinas y en todos los terrenos. Esta idea del enciclopedismo
medieval, adoptada por el humanismo, se echa de menos en la mayoría de
los que han (des)orientado nuestras ciudades, pues aún no hemos
aprendido a mezclar lo moderno con lo antiguo, ni a ver la nobleza y
gracia de sus comprobadas formas, geográfica e históricamente, que son
la manera más segura de encontrar nuevas expresiones que lo sean
realmente, y una constante en la obra de Salmona.

Y esto es muy importante para Bogotá, pues como escribe el economista
Edward Glaeser: “Para prosperar, una ciudad tiene que atraer a
personas inteligentes y permitir que colaboren unas con otras”.  Es lo
que han permitido desde siempre las ciudades que son tales: permitir
que los ciudadanos se relacionen físicamente (y hoy no apenas por
internet), con otros en calles, plazas y parques, y especialmente
permitir que interactúen en esos edificios públicos donde se dan
actividades intelectuales puramente urbanas. Desde el encuentro en
restaurantes, cafés, bares y tiendas de esquina, compartiendo “una
mesa, una sonrisa o un beso”, hasta en los museos, bibliotecas,
teatros, salas de música, aulas universitarias y centros culturales.
Justamente lo que Salmona logra con creces en el Centro Cultural
García Márquez, lo que es usual en sus edificios, que invita
ineludiblemente a los que pasan por ahí a recorrerlo sonriendo y con
él la ciudad misma, y ocasionalmente terminar en una de las mesas de
su cafetería compartiendo su experiencia con otros o leyendo algún
libro adquirido en su magnífica librería, sin duda, la mejor del país.

Poco más de veinte años antes de haberse construido el Centro García
Márquez, Hanno-Walter Kruft había advertido que la alternativa al
funcionalismo no podía encontrarse en una vuelta a las apariencias
tradicionales ni otras formas del eclecticismo histórico, y que solo
“el estudio de la historia de la arquitectura y de su teoría […] es
capaz de mostrar cuáles puntos de vista pueden ser útiles para un
presente cuya estética, cuya fe en la tecnología y cuya ecología se
hallan trastornados hasta sus raíces”.  De ahí la importancia y
actualidad de poner en su justo valor este quinto y último edificio
que jalona la obra de Salmona, más que quedarse apenas en discutir la
riqueza y belleza de sus espacios, pues sus volúmenes casi no se ven,
y ni siquiera en señalar la magia de sus recorridos, los que no se
circunscriben al edificio mismo, sino que salen hacia el barrio, la
ciudad y sus cerros. Como dice Germán Téllez, parafraseando a Federico
Fellini (No cognosciamo niente. Tutto è imaginazione): “en este
proyecto […] todo lo podríamos o lo podemos imaginar”.

Sus pequeños problemas de habitabilidad, como es frecuente en los
edificios de Salmona, sin duda están plenamente compensados por su
inteligente propuesta arquitectónica, cuya riqueza espacial en nada
afecta su flexibilidad. Son errores que, en general, se pueden
solucionar sin afectar su arquitectura, ni mucho menos sus búsquedas y
encuentros. Lo corrobora plenamente el hecho de la buena conservación
de la mayoría de sus edificios, pues como ya se ha dicho, la belleza
repele la vandalización con la que se destruye tanta arquitectura al
“solucionarle” sus problemas cotidianos. Sin duda, los usuarios de los
edificios de Salmona respetan su arquitectura, o se ven compelidos a
ello, o sencillamente estas intervenciones no logran dañarla, como
tampoco han dañado nuestra arquitectura tradicional, lo cual por
supuesto tiene que ver con su fuerte composición, sus materiales
nobles y el sólido lugar que ocupan en la cultura. Ya lo dijo Alberti:
“nada protege tanto a una obra de la violencia de los hombres como la
nobleza y la gracia de sus formas”.

Notas:
1   Téllez, 2006
2   Salmona, 1959.
3   Gladwell, 2008. p. 49.
4   Vargas Llosa, 2012.
5   Terán, 2008.
6   Salmona, 1959.
7   Salmona, 1959.
8   Castro, 2008.
9   Le Corbusier, 1930.
10 Castro, 2008.
11 Salmona, 1959.
12 Kruft, 1985. p.58.
13 Glaeser, 2011. p.310.
14 Kruft, 1985. p.751.
15 Téllez, 2006.
16 Kruft, 1985. p.571.


Bibliografía:
Castro, Ricardo. Rogelio Salmona: tributo, 2008.
        Bogotá: Villegas, 2008.
Gladwell, Malcolm. Outliner: The Story of Success, 2008.
        Bogotá: Prisa, 2012.
Glaeser, Edward. 
El triunfo de las ciudades, 2011.
        Madrid: Santillana, 2011.
Le Corbusier. Précisions sur un état présent de l'architecture et de
l'urbanisme, 1930.
        París: Crès, 1930.
Kruft, Hanno-Walter. “Geschiche der Architektheorie”, 1985.
        En Historia de la teoría de la arquitectura, 2 tomos.
        Madrid: Alianza, 1990.
Salmona, Rogelio. “Notas sobre el concurso para el colegio ‘Emilio
Cifuentes’”, 1959.
        En Téllez, Germán Rogelio Salmona: obra completa 1959/2005.
Téllez, Germán. Rogelio Salmona: obra completa 1959/2005, 2006.
        Bogotá: Fondo Editorial Escala, 2006.
Terán, Arturo G. de. El arte en la arquitectura de hoy hacia mañana, 2008.
        Oviedo: La Voz de Asturias, 2008.
Vargas Llosa, Mario. La civilización del espectáculo, 2012.
        Madrid: Santillana, 2012.

 
    Ficha técnica:

·         Localización: Calle 11 Nº. 5-60 Barrio la Candelaria. Bogotá.

·         Construcción:  2004 - 2008

·         Autores: Rogelio Salmona Mordols  y María Elvira Madriñán Saa

·         Colaboradores: Taller Arquitecto Fernando Amado Zarate

·         Constructor: De Valdenebro Ingenieros Ltda.

·         Diseño Electricidad: Ingeniero Julio Cesar García

·         Diseño Hidrosanitario Y De Gas : Ingenieros Alba Lucia Rojas - Albeiro Téllez

·         Estudio De Suelos: Ingeniero Jairo Higuera

·         Interventoría: Arquitectos: Eduardo Sánchez y Rocío Chaves

·         Promotor Y Propietario: Fondo De Cultura Económica De México 


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